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Estamos viviendo un tiempo crítico; fascinante por un lado, aterrador por otro. La posibilidad de acceder a tantísima información en segundos y desde tu propia casa; el veloz y enorme poder comunicativo y aglutinador de las redes sociales; la negligente devaluación de cualquier valor social, ético o simplemente humano; las diferencias abrumadoras entre Oriente y Occidente, entre los países "desarrollados" (aunque habría que ver en qué consiste dicho desarrollo) y los subdesarrollados; mientras unos mueren de hambre otros se matan de hambre con regímenes delirantes para tratar de alcanzar un canon de belleza muerta por los excesos de silicona, botox, carencias físico-afectivas y una patente falta de felicidad que se reflejan en todas esas arrugas llenas de inexpresión ficticia.Se habla de unas cuantas inconmensurables fortunas que pretenden apoderarse del mundo, que de hecho ya se han apoderado del mismo, que controlan los medios de comunicación, el armamento, los bancos. Ellos deciden las guerras, las invasiones, la moral, lo que si y lo que no, en base al dios dinero y a la grotesca ambición del poder absoluto. Los políticos, la banca, los seres humanos, los animales, la tierra, el aire, el agua, Dios, todos somos títeres que bailamos al son de su música, y lo mejor del caso: no lo sabemos, porque nos hacen creer que somos libres. Eso si te ha tocado vivir esta aventura en el país desarrollado y tienes tiempo y posibilidad material de creer que piensas libremente.

A los de los otros países menos afortunados les ocupa todo su tiempo y energía el lograr comer algo, resistir hoy al sida, la malaria, violaciones constantes, la muerte violenta o la muerte aún más violenta que acarrea lo inconcebible, o simplemente la angustia permanente de ser, (no sentirse, sino ser) brutalmente oprimido por otro ser humano avalado por un sistema corrupto y ciego a la injusticia.
Industrias farmacéuticas que producen medicamentos que subsanan momentáneamente pero que su fin no es curar, cuando sería factible hacerlo: interesa la enfermedad, es muy rentable. Y hay que aniquilar cualquier alternativa: ¿qué arrogancia es esa del remedio natural?.
¿Alimentos? transgénicos sin etiquetar; todo tipo de pesticidas que no son controlados porque los controles van variando su margen de permisividad según la oferta y la demanda. Miles de especies que se extinguen a la par que nuestra soberbia y falta de respeto aumentan. Miles de niños que mueren de hambruna ante la mirada vacía e impotente de sus madres, que mueren de enfermedades curables desde hace siglos. Niños que nacen con malformaciones debido a drogas legales poco experimentadas o drogas ilegales muy permitidas; a alimentos que se sabía sus efectos perniciosos, a centrales nucleares sin vigilar convenientemente, a vertidos tóxicos que contaminan ríos y mares.
Niños que no nacen porque no es conveniente, porque me da pereza, porque total ¿qué más da?. O nacen y son abandonados o abusados en todos los sentidos, mano de obra regalada para ímprobo beneficio de unas cuantas multinacionales o unas cuantas marcas de lujo-lujo, o lujito de andar por casa que tanta seguridad facilitan al poseedor de la marca en cuestión.
Al contrario que la canción: Si estamos locos y no sabemos lo que queremos.
Todo indica que es tiempo de despertar y actuar.
Despertar de esta creación loca que hemos construido, dejar de prestarle aliento con nuestra atención y energía. Dejar de insuflarle vida con nuestro pensamiento condicionado y nuestro miedo.
Es tiempo de actuar, de soltar la víctima incapaz de reaccionar y abrazar la responsabilidad de mi mismo/a. Es el momento de cortarle el suministro al sufrimiento no dándole más crédito, no creyendo más en sus razones, no admitiendo por más tiempo ninguna de sus vanas retribuciones. Es momento de tomar las riendas de mi vida y asumir que la paz, la limpieza de mi espacio interno, de mis pensamientos, de mis emociones, de mi espíritu, única y exclusivamente dependen de mi.
No estamos solos, ni somos individuos aislados con ideas delirantes, en absoluto. Cada uno de nosotros somos inmensamente importantes porque posibilitamos - o no -, el alcance de esa
masa crítica para que este mundo y sus valores predominantes den un giro completo. Cada uno de nosotros podemos ser - o no -, esa mancha de aceite que se va extendiendo por el papel del universo y se junta con otros millones más de manchas de aceite hasta que todo quede impregnado de este nuevo paradigma que estamos vislumbrando.
Podemos hacer algo, algo que efectivamente sirva. Podemos cambiarnos a nosotros mismos, podemos cuidarnos, respetarnos, alimentarnos, sanarnos y amarnos. Podemos poner paz en nuestras guerras internas, aceptar nuestras limitaciones y grandezas, revisar nuestras metas y nuestros valores. Podemos recuperar la ética que perdimos por el miedo y alimentar nuestra dignidad esencial, nuestra libertad de pensamiento y decisión, y convertirnos en valientes conquistadores de nuestra propia tierra. Podemos dejar de juzgarnos y liberarnos de la aprobación ajena, midiendo nuestros logros en base a nuestros propios baremos, en base a los dictados de nuestra ética interna.
Podemos pararnos y oler una flor, porque cuando lo hacemos el universo entero aprecia el aroma y la belleza del acto.
Somos dueños de la opción.



